Te daré la tierra / Chufo Lloréns

Libro 0000185 - 20/06/2008 - Disponible  ( www.ServiciosJFP.com ) Biblioteca-2008
AUTOR:  Llorens, Chufo
EDITORIAL:  Random House Mondadori
ISBN:  9788425341977
CDU:  821.134.2-31"20" /
IDIOMA: CASTELLANO
DESTINO: Biblioteca
PÁGINAS: 744 p. ; 24 cm
 
Sinopsis:
La Barcelona del siglo XI abriga en sus murallas dos historias marcadas por el drama, el amor y la ambición.

La historia de un joven campesino que logra cambiar su destino con la esperanza de prosperar y hacerse merecedor del amor de una joven de alcurnia, se entremezcla con la del conde de Barcelona, cuyos amores adúlteros sumen a la ciudad en un peligroso conflicto político. Una novela que une, con maestría, ficción e historia para recrear una Barcelona en la que los pactos, el linaje, las intrigas palaciegas, la ambición comercial y la convivencia entre religiones se tiñen con las emociones más intensas.
Notas:

La jauría
Condado de Gerona, mayo de 1052
aía la tarde. Un grupo formado por cinco jinetes adustos
y malhumorados cabalgaba por una vereda bordeada de
hayas que separaba el condado de Ampurias del de Gerona.
De su aspecto se deducía a la legua que no eran cazadores
avezados, sino un puñado de mercenarios de los que tanto
abundaban por aquellos pagos, dispuestos a alquilar su espada a
cualquier señor que quisiera recurrir a aquel tipo de tropa para invadir
una marca o disputar un predio al conde vecino. Habían partido
muy de mañana para matar el tedio, con la idea de que asaetear
un venado o cazar un gorrino salvaje sería una tarea mucho más
sencilla que degollar a un prójimo en una batalla. Sin embargo, su
inexperiencia los delataba: no tenían en cuenta la dirección del
viento ni sabían moverse por la espesura sin partir ramas o hacer
ruidos innecesarios, por lo que la cacería había resultado un fiasco.
De manera que, agotados, hambrientos y ariscos, regresaban a
Gerona con la sospecha de que, desde el interior de la floresta, ciervos,
ardillas, jabalíes y urogallos se mofaban de ellos y proclamaban
a gritos su falta de pericia.
De repente, el que parecía mandar la tropa alzó la diestra para
detener al grupo. El segundo, un gigantón barrigudo de poblados
bigotes, se aproximó hasta él.
—¿Qué es lo que ocurre, Wolfgang?
Comp.
El así llamado señaló hacia delante y replicó:
—¡Gente!
A una indicación del jefe, todos desmontaron y siguieron a pie,
sujetando a los caballos por el ronzal. Poco después, percibieron olor
a humo. Se pararon en un claro del bosque y, tras atar los caballos
a los árboles, avanzaron agachados y, ahora sí, poniendo mucho cuidado
en no desmochar una rama, ni emitir sonido alguno. Cuando
llegaron al límite de la floresta, detuvieron sus pasos y se dispusieron
a observar. La escena les alegró los ojos: presentían que la
fracasada partida de caza podía tener un final feliz. Ante ellos se alzaba
una cuidada masía de cuya chimenea salía humo; sus habitantes
estaban plenamente ocupados en las faenas del campo. Dos hombres
dedicaban sus esfuerzos a herrar un percherón de hermosa
planta. Estaba el animal atado por la brida a un gancho de la pared.
El más joven sujetaba su pata posterior izquierda y la mantenía
doblada para facilitar al otro la operación, mientras el viejo,
ataviado con un mandil de cuero, golpeaba con un mazo las cabezas
planas de los clavos tratando de fijar la herradura al casco
del noble animal. A la derecha, una niña provista de un pequeño
látigo azuzaba a un asno que, con los ojos vendados, recorría indolente
el eterno camino que rodeaba la noria. En la era, una
anciana cardaba lana en una rueca mientras otra mujer, en avanzado
estado de gestación, tamizaba granos de trigo en un gran
cedazo, removiéndolo al compás del vaivén de sus caderas.
La voz del tal Wolfgang sonó contenida.
—Gunter, ¿estás viendo lo mismo que yo?
—Diría que sí, y se me ocurre que tal vez todavía podremos salvar
la jornada. ¿Te das cuenta de cómo mueve el culo la muchacha?
—Habrá tiempo para todo. Di a Ricardo que venga.
El llamado Gunter se giró y, con un gesto breve que indicaba
premura y silencio, reclamó la presencia de uno de los dos compinches
que seguían acuclillados detrás. Éste obedeció en absoluto silencio.
Cuando el primero lo sintió a su lado, preguntó:
—¿Tienes lista la ballesta?
—Siempre la tengo, Wolfgang.
—Observa bien y dime, ¿eres capaz desde aquí de hacer blanco
en el hombre que sujeta la pata del animal?
—¿Te refieres al más joven?
—A ese mismo.
—¿Puedo ponerme en pie?
—Sin salir de la espesura y cuando yo dé la orden.
El individuo midió la distancia con la vista, tomó la ballesta y,
tras extraer una flecha del carcaj, la colocó en el mecanismo y tensó
la cuerda.
—Dalo por muerto.
—No esperaba menos de tu pericia.
En un susurro, impartió órdenes a los otros tres.
El plan era sencillo y la sorpresa constituía un factor primordial.
La finalidad: la rapiña de animales y bienes y, si además podían
proporcionarle un regocijo al cuerpo, mejor que mejor. Tal vez así
pudieran olvidar la aciaga jornada de caza.
Cuando comprobó que todos habían ocupado sus posiciones,
el tal Wolfgang dio la señal. El arquero se puso en pie, apuntó la
ballesta y apretó el gatillo. Un silbido atenuado rasgó la paz del momento
y, ante la sorpresa del hombre mayor, el más joven cayó al
suelo en tanto una gran mancha de sangre empapaba su camisa. Un
concierto de ladridos sacudió el crepúsculo.
Los soldados se apresuraron a salir de la espesura. La mujer
mayor, aterrada, soltó la rueca y se puso en pie sin saber qué hacer;
la preñada acudió corriendo junto a su marido, y apoyando la
inerte cabeza contra su pecho, se dirigió a la niña a gritos: «¡Huye,
Maria, huye!». El cloqueo ensordecedor de las gallinas que corrían
enloquecidas por la era se unió a los balidos asustados de los corderos
desde el aprisco. Uno de los hombres se abalanzó sobre la criatura
a fin de sujetarla y ésta, con el rebenque con el que azuzaba al
pollino, le atizó un tremendo fustazo en la cara y salió corriendo
hacia el bosque. El gigantón apartó a la mujer mayor, apoyó el extremo
afilado de una daga en el gaznate del hombre del mandil y,
con un raro acento, exclamó:
—Vamos a estarnos quietos. Si colaboráis, nos iremos pronto
y seguiréis con vida; en caso contrario, no viviréis para contarlo...
Otros:
Autor: Llorens, Chufo
Título: Te daré la tierra / Chufo Lloréns
Publicación: Barcelona : Grijalbo, 2008
Descripción: 744 p. ; 24 cm
Notas: GRupo editorial: Random House Mondadori
CDU: 821.134.2-31"20"
ISBN: 978-84-253-4197-7